viernes, 4 de noviembre de 2016

La trama



“Para que su horror sea perfecto, César, acosado al pie de la estatua por los impacientes puñales de sus amigos, descubre entre las caras y los aceros la de Marco Bruto, su protegido, acaso su hijo, y ya no se defiende y exclama: ¡Tú también, hijo mío! Shakespeare y Quevedo recogen el patético grito.
Al destino le agradan las repeticiones, las variantes, las simetrías; diecinueve siglos después, en el sur de la provincia de Buenos Aires, un gaucho es agredido por otros gauchos y, al caer, reconoce a un ahijado suyo y le dice con mansa reconvención y lenta sorpresa (estas palabras hay que oírlas, no leerlas): ¡Pero, che! Lo matan y no sabe que muere para que se repita una escena” 
(“La trama” Jorge Luis Borges)


Domingo 16 de agosto de 1.964. La reunión se haría en el domicilio de Raúl Baron Biza, el esposo. Hasta allí llegó Clotilde Sabattini, la cónyuge, desde Córdoba. Estaban los abogados de los dos en el piso de la calle Esmeralda para arreglar los términos del divorcio. El esposo al principio se enojó.  Teniendo enfrente a una mujer madura que no lo quería más, sólo veía a la niña que desposó cuando apenas tenía quince años. El deseo de venganza permitió la calma necesaria para que el plan fuera cumplido: Barón ofreció una ronda de whisky para todos,  aunque sabía que alguien pediría sólo agua. Le sirvió a Clotilde de una jarra que no tenía agua: tenía ácido y se lo arrojó en la cara.

Fernado Farré asesinó a puñaladas a su esposa Claudia Schaefer el 21 de agosto de 2.015, preso de la ira y los celos porque ella quería divorciarse. Como Barón Biza, los todavía esposos se encontraron en la casa donde él vivía, sus abogados también. En un momento que quedó a solas con ella la mató, los abogados nada pudieron hacer.
Pasaron más de cincuenta años y se repitió la historia, hombres violentos citan al objeto de sus celos en la casa donde viven. Los abogados convalidan la supuesta buena fue de la reunión y entonces, inesparadamente, el esposo mata o lesiona gravemente a la esposa sólo porque iba a ser dejado. La trama se repite, como en la imaginación borgeana.

Quizás dentro de cincuenta años, en una situación similar, un abogado perspicaz piense que no es buena idea ir a la casa del esposo e  impida de esa manera la comisión de un crimen. Su sentido común, tal vez, le indique que es mejor encontrarse en una oficina, como suele ocurrir,  y así venza a ese destino amante de las  variantes y las simetrías. Es posible entonces que gracias a ese mínimo detalle, una mujer no muera simplemente para que se repita una escena.






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1 comentario:

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Ya es hora de que no se repitan algunas escenas.